No deja de ser reconfortante transitar por una carretera sin tener que ir detrás de un camión o una hilera de camiones.
Las carreteras son escenario de un conflicto que ya va para tres semanas sin solución a la vista. Hay opiniones divididas entre quienes apoyan las caravanas escoltadas por la Policía y quienes persisten en una protesta que puede traducirse en desabastecimiento y carestía.
Pasaron las gloriosas épocas en las que el peso de la carga la asumían los Ferrocarriles Nacionales, empresa industrial y comercial del Estado que tuvo un entierro de tercera en medio de escándalos de corrupción.
El ferrocarril en Colombia transportó el cáfe y hoy sigue llevando el carbón en la Costa Atlántica. Son célebres las referencias que hace Gabriel García Márquez de un tren infinito que sacaba bananos de Macondo y que después de la masacre de 1928 cargó muertos hasta el mar.
En el suroccidente, el Ferrocarril del Pacífico conectaba a Buenaventura con Cali y el resto del país. Hoy quedan apenas los vestigios de rieles que envejecen con el sol.
Ahora, son los dueños de los tractocamiones los que ponen las condiciones y tienen al país sin insumos ni alimentos. Resulta insólito, eso sí, que los mismos choferes lleven a sus esposas e hijos al sitio del conflicto para quedar como víctimas luego de los enfrentamientos con la fuerza pública.
No voy a terciar en la polémica. Lo único que quiero expresar es que hay una posición arrogante de parte y parte. La historia y las malas decisiones nos condenaron a estar sin tren. Es grato viajar sin camiones...pero también preocupa la irresponsabilidad con la que los camioneros manejan la protesta social.